09Sep,15

DOSIS DE LITERATURA MALDITA (II)

FODID11

Ellos eran los más chongueros de la academia, francamente, no del salón, sino de todo el recinto estudiantil. Nunca entraban a clases, los veías en los pasillos fumando puchos o craneando alguna pendejada. Lo más bravo que vimos fueron los cohetones en el baño, las ironías de estos en los salones y la bronca de uno de ellos con un pituco alucinado fortachón que abusaba de los estudiantes.

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Ellos no creían en nadie, se le acercaron al pata y en one un gancho izquierdo tumbó al pituco blancón de un solo puñetazo. Todos los adoraban, eran una especie de chicos alternativos pero con una filosofía de palomillas de barrio emergente. No eran chabacanos, tampoco violentos, eran bonachones, inteligentes y muy solidarios, pero extrovertidos, y profanos.

La gente los quería y ellos aprovecharon su buena racha en la academia, ahí conocieron a Laura, una bella morocha que se les acolleró de inmediato y se hicieron patas. Las conversaciones giraron en torno al mar, el corcho, los tubos y Cerro Azul.

Y la amistad fue en un click.

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César era el más molestoso, Gabriel el dandy del trío y Alipio el más guapo. Ninguno de ellos había escuchado hablar de Cerro Azul. Cuando Laura, se sumó a las locuras de los chicos, le contó que su familia era de allí y que la playa era muy famosa por las olas bien formadas, un lugar ideal para aprender y correr tabla hawaiana y morey. Incluso, ese balneario era muy conocido porque, por ejemplo, los primeros inmigrantes japoneses anclaron en sus playas y descendieron los primeros colonos de Asia en su bahía.

También es una especie de gran bodega y mirador marítimo en la época pre inca e inca. Allí guardaban alimentos y era como un refugio del Inca en la costa.

Finalmente, la negra Laura les decía a los muchachos que allí había un restaurante llamado Don Satu, donde hacen una ‘sopa de mui mui’ espectacular.

-Para chuparse los dedos- remató Laura.

-Pucha, tenemos que ir chicos, dijo César sin dudarlo.

-Es un hecho ¡vámonos! -Dicen al unísono Alipio y Gabriel, mientras Laura los miraba y se mataba de la risa. “Era una buena oportunidad para que los amigos se sintieran cómodos en Cerro Azul, se quedarían en el segundo piso de la casa, allí donde había unas camarotes para dormir y algunos días en la playa en invierno, algo muy divertido, no había mucha gente y sería un momento histórico pues estaban yendo con los chicos más chongueros de la academia”, reflexionó Laura muy feliz que el trío de muchachos aceptara su invitación.

Al frente estaba la casa de dos pisos color marrón y en plena esquina del Parque Municipal. Cerro Azul era un poblado de pescadores y comerciantes, en su mayoría migrantes de la sierra. Cerro Azul fue famoso por sus delfines, sus buenos tubos y por la tranquilidad de la zona. Laura estaba súper emocionada porque estaba enamorada de los tres. Así como leen, a ella no solo le gustaba uno, sino los tres. Sentía que eran un complemento, un engranaje de diversión y locura, algo así como los tres mosqueteros en versión chicha.

Llegaron a la casa, se hospedaron y salieron corriendo a la playa. Era invierno y poca gente surcaba sus olas aunque el sábado había más movimiento de lo acostumbrado. César, Atilio y Gabriel se pusieron sus ropas de baño y mientras ellos se prepararan para la incursión Laura apareció con tres moreys, con tres corchos seminuevos.

-Para ustedes chicos -le dijo Laura-. Me muero de ganas de verlos correr. Será una experiencia alucinante…

Todos ellos se quedaron pálidos.

-¿Qué pasó chicos?, ¿todo bien?

– Sí, Laurita, no sabíamos que tenías corchos para todos, nos quedamos un poco sorprendidos por tu buena onda- dijo abriendo los ojazos Atilio. Mientras Gabriel y César murmuraban entre ellos: “Nos cagamos, loco. Ninguno de los tres sabe ni nadar, menos correr olas. ¿Qué hacemos, cuñado?”, susurró al oído del otro espadachín misio. Los tres se miraron con cara de asustados, como pensando qué diablos hacemos, cómo salidos de esta fanfarronada.

-¡Vamos chicos al mar!, por aquí salimos a Puerto Viejo, miren allí, eh, ese es el muelle, tiene mil años- exagera Laura. ¡Vamos!, vamos muchachos quiero verlos driblear las olas, meterse con todo. Chapen sus corchos y vamos.

Dos de ellos avanzan. Uno se queda atrás con la Laura.

-Puta, ¿qué hacemos, Atilio?, vamos a quedar en ridículo con Laura, ella nos odiará, la hemos hueveado todo el mes. Le hemos mentido diciendo que somos bravos corredores de ola y ni sabemos nada, huevón, por la puta madre, que huevada. Quedaremos como unos mentirosos.

-Tranki, Gabriel, métete y corre. Haz alguna pirueta y hazte el tonto. Finge un calambre ¡y ya! Ya estamos aquí y no vamos a perder, solo tírate al mar encima del corcho.

-Ay, por Dios, ¡¡¡no sé nadar!!!

-Para qué mienten, pues, no queda otra, haz la finta.

En mar justo estaba en crecida. Estaban altas, fuertes, glotonas. Te llevaban de un lado a otro, había remolinos, y algunos surfers la hacían linda. Laura se quitó el pareo y tenía un cuerpo envidiable. Dejó bobos a los tres amigos. Se puso la websuit y estaba espectacular.

-Vamos, chicos, ¡¡¡vamos que allí viene un tubazo!!!

Los tres se miraron y no sabían qué diablos hacer.

Nunca entraron al mar. Laura les dio una lección de surf fuera se serie. Ellos, los más chongueros de la academia de la avenida Arequipa no sabían ni nadar, otra el vez el floro barato quedó al descubierto, otra vez los tres solo pisaron el mar, el mar bendito de Cerro azul. (Pepino González)

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