15Sep,15

DOSIS DE LITERATURA MALDITA (VI)

CHRISTIAN VALLEJO, PERIODISMO Y POESÍA

Octubre 1990.   Era un momento decisivo.  Tenía que decidir qué diablos iba ser de mi vida y si el destino me era favorable o no.  La poesía me gustaba y el periodismo era mi válvula de escape. Siempre me apasionó contar historias y vi en este oficio la mejor forma de no quedarme callado. Bausate y Mesa era mi bunker y  en el primer ciclo tuve mi primera duda: me jalaron en mecanografía, requisito vital para emprender mi carrera periodística. Para eso, ya mi viejo me dio un ultimátum.

“A trabajar, me dijo. Sácate la mierda”. Y algo más: “mi primo hermano trabaja en La República, búscalo…”. Y me dio su nombre: Christian Vallejo, un hombre sabio, ermitaño, un loco virtuoso. “Él te enseñó a jugar ajedrez, ¿lo recuerdas? Anda y búscalo, él te ayudará”.  

No perdí tiempo y me fui al diario.  Su inmensa frente, sus ojos amarillos, su dentadura en extinción y la chupada más perseverante que nunca he visto en mi vida a la hora de fumar un cigarrillo, me impactó.  Tartamudeé. En one, me dijo, “no hay trabajo”, pero “puedes ayudarme, no hay problema, vente por las tardes, luego de tus clases”, finalizó. Salí rumbo a Abancay a tomar mi 48 y allí mientras el Mambo de Machaguay era interpretado por las zampoñas callejeras,  pensé que esta aventura iba marcar mi vida por siempre. Y así fue.  

Comencé como practicante en el diario de Camaná y al poco tiempo era reportero de uno de los periódicos más importantes del país. Gracias a Dios no había internet y andaba libre del deterioro intelectual. Me contó que nació en La Punta, estudió Medicina, se fue a USA y por robar libros lo deportaron. Sufrió un accidente que lo dejó con problemas al caminar, su hobby era la lectura indiscriminada, el vicio del cigarro lo hacia fumar 5 cajetillas al día y su pluma era perfecta, redonda, inigualable.  Lo mejor que he visto, y sin duda alguna,  el mejor cronista que este país ha tenido. En esos años de amistad laboral y no familiar, me hizo descubrir mi gen de escritor. Mi convivencia con Christian fue intensa, polémica, de amor y desamor, de reconciliación también.

Tengo muchos sentimientos encontrados y fue una época maravillosa y dura y difícil mis inicios en el periodismo. Christian me formó con dureza y sin contemplaciones, la maquina de escribir no paraba, las carrillas fueron testigos de mucho esfuerzo, las comisiones, entrevistas, las puteadas,  y el exceso de trabajo, abrieron grietas en mi piel de niño mimado. Nunca me amilane, ni me asusté a tanta fiereza y perfección, mi tío era un bonzo, un león, un gigante, un guerrero, un travieso, un revoltoso.  Pasé las de Caín y Abel, de un lado a otro, lateando por todos lados, subiendo cerros, ensuciándome y sudándola, descubriendo casos,  escribiendo horas de horas en las carrillas rojas de La República y que muchas veces eran rotas, en pedacitos, tiradas a la basura: a Christian no le gustaba las cosas mal hechas, o a media caña, eres el mejor o el peor, no hay espacio para la mediocridad, ni para el pesimismo o la tristeza o la juerga o el amor, o la payasada o el chongo, solo hay trabajo, trabajo y más trabajo.  El diario me albergó casi 12 años, de los cuales, pasé con Christian como 6,  incluso pasó 2 años viviendo en mi casa de Maranga y durmiendo en una Comodoy que arrumé para él, pues nunca tuvo casa, ni cama, ni abolengo, solo libros, amores frustrados, crónicas y reportajes y muchos ternos que los compraba en la Cachina con orgullo y elegancia, esos años en casa, no dormí, al contrario, este sabio escritor dormía solo 3 horas, y luego se metía un pucho y otro, e iba a la biblioteca y leía, y leía, y leía hasta que el alba irradiase sus primeros rayos solares y salía volando a La República, sin bañarse, con la misma ropa, y siempre entre sus brazos una ruma de libros que lo hacían muy feliz y muy humano y siempre con ideas para notas periodísticas ligadas a la política, derechos humanos, conflictos sociales, arte, cultura, literatura, ajedrez, deportes, economía, casos humanos, de interés común, siempre estuvo cerca de la izquierda, de los desposeídos, de los migrantes, de los sin voz, no tuvo reparos de enfrentarse a los políticos, a los poderosos, a los malditos de siempre, a los pepe el vivo, a los grandes peces gordos de nuestra sociedad, fiel creyente de un Estado pluricultural, y de la lucha de clases, enamorado de la literatura universal y peruana, formador de varias generaciones de jóvenes iconoclastas y siempre rodeado de bellas chicas que admiran su inteligencia en extremo y su belleza espiritual a prueba de balas y rencores.

Hay muchas historias y anécdotas que, en algún momento desenterraré de mi mente, no obstante, este capítulo inconcluso es una experiencia inolvidable,  eso de convivir con un genio y alucinar este gran hombre que me enseñó, periodísticamente hablando, todo lo que soy, no tiene parangón en mi destino.

Este octubre, mes de los periodistas, mes que también empecé mi carrera profesional en La República (el primer día que pisé el diario como practicante fue un 31 de octubre), quiero que estas líneas no sean un homenaje, ni una reseña, tampoco un cumplido o un epílogo, más bien un momento de vida, un tiempo rico y de excitación, un destierro de la vida mundana y una luz en este planeta de las palabras, conceptos, mensajes, conjugaciones, versos, titulares, fotografías, carrillas, opinión publica,  de descubrir el Perú real, y fantástico y libertario y consumido por sus propias contradicciones, es verdad, lo juro, mi alma nunca fue la misma, mi vida tampoco.

Descubrí un ser humano excepcional y único, un anti héroe, un minotauro, un viejo estepario.

La última vez  que lo vi, mucha agua había pasado por el puente.  El hospital Almenara era (y es) un caos. Vallejo agonizaba a los 63 años, abandonado casi a su suerte y  a un final  feliz: había contraído nupcias con una española que conoció por internet. Murió risueño y enamorado en una jornada de peregrinación,  muy desordenada, y casi a la intemperie, en un modo de existencia que él indomablemente creyó, a esa libertad sin tregua de subsistir a su manera, a ese don conspirador con la  lengua castellana, a esa revolución gramatical que tanto apasionó y apasiona claro que sí a sus seguidores y siempre proclive a la caballerosidad  y coludido forever al amor universal, y que predicó, qué duda cabe, hasta el último día de su vida.  Esa jornada eterna, de un periodista inmortal…

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