30Dic,17

‘Loving Vincent’: Atrapar la luz

Comentamos ‘Loving Vincent’, película animada que ha llamado la atención del mundo por hacer que cada cuadro de la cinta se convierta en una pintura al óleo.

Título: Loving Vincent
Año: 2017
Duración: 95 min.
País: Polonia
Dirección: Dorota Kobiela, Hugh Welchman.

Narrar una vida dedicada al arte se debe engendrar desde la esencia misma del arte: allí, en ese juego que se repite, sin antes ni después, la vida canta su dicha o su infortunio. El arte que, fielmente, copia las aguas insondables del hombre, nos revela, nos hiere el espíritu con su belleza tan irregular, tan extraña, que nos conmueve. Sin duda Dorota Kobiela y Hugh Welchman con Loving Vincent, lo pensaron y lo llevaron a la expresión. Ambos, lucidos y vertiginosos, compartieron sus sueños en un mundo cotidiano, cuyas cosas se deshacen en las manos. La cinta que está compuesta a través de cuadros, uno a uno, pintados de forma precisa al óleo, con la técnica gruesa y nerviosa de Van Gogh, el trazo agitado, lleno de color y luz, narran partes una realidad que se coloreaba en los ojos del pintor. Cuenta a través de storyboards creados a partir una de pinturas el paso del tiempo por unos girasoles que los días tiñó color desierto, de campos que escamoteaban bajo la lluvia, de un cuarto de hotel testigo de una locura trucada de colores.

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Comienza, pues, en Arles en 1891, un año después de la muerte del artista, en un verano rebasado de amarillo. Armand Roulin tiene en su poder una carta escrita por Van Gogh que debe hacer llegar a su hermano Theo. Durante el recorrido se encuentra con personas que conocieron al artista, mientras recorre sus obras como caminando un paisaje que recién descubre la mirada. Personajes como Chris O´Down, Saoirse Ronan y Jerome Flynn, cuentan sus recuerdos con Rouilin creando, bajo formas inciertas, una figura del pintor antes de su muerte. La historia advierte el dialogo de cada uno, cada gesto encontrado en una charla con un hombre que rasgaba los crepúsculos con un pincel que se disolvía en la sombra. Cada uno posee un recuerdo de Van Gogh como se posee lo efímero, porque la gente, a veces, dura más que las cosas.

En Loving Vincent cada obra palpita, por unos instantes, de carácter cíclico en la naturaleza del hombre: al momento que Armand Roulin visita el barquero, en las orillas de un lago color espejo, aparece la pintura “Orilla del Oise en Auvers” allí, inversa, soñada, con toda una nitidez que enceguece, porque es un encuentro de fantasmas o de sueños. Entre otras cosas, el barquero recuerda que era un lugar que visitaba en el amanecer, emprendiendo un recorrido en una barca, para atrapar en el lienzo la luz perfecta, la sincronía del mundo y los colores. Ocurre también que, mientras contemplamos a Marguerite Gachet al piano, nos preguntamos por la música que inventa sus dedos, la partitura que interpreta en un viejo piano, cuyas teclas parecen sentir unas yemas resecas que se desplazan con perfecta lealtad. A los lejos, en la cinta, el piano suena con unos compases delgados, como el chillido de una chicharra reventándose de sol. En este encuentro el corazón desentierra sus secretos y trepida como el fuego que unía a los hombres.

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Loving Vincent es el símbolo de una plástica poética: desemboca el arte en su esencia, genuino. Toca con su belleza, delinea las emociones humanas. Analepsis a blanco y negro, Theos lejanos y cartas redactadas con premura. Una muerte incierta, como se sabe, que apaga la vida pero que ilumina el arte. Una obra que, sin duda, nos llevará a sentir sensaciones extrañas cada vez que seamos cómplices, porque supera las palabras.

Andrés Felipe Yaya

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